domingo, 14 de mayo de 2017

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Nunca he sido ambicioso; siempre se me ha achacado por no soñar, aunque cuando era niño tenía un sueño imposible: que mi cumpleaños coincidiera con el Viernes Santo, día de fiesta en La Antigua Guatemala. Este año estuvo cerca pues se celebró justo hace un mes, y lo disfruté como un regalo anticipado.  

Como “conformista” no aspiro a llegar a noventa o cien años, y aunque quisiera, mi estilo de vida lo haría poco probable.  Hoy doy un paso más en ese camino y noto que voy en forma óptima: disfruto trabajando, escucho música, salgo de paseo, leo los libros que quiero y converso con mis amigos.  Y a ustedes, amigos, quiero referirme hoy para agradecer los momentos compartidos, ya sean las noches de estudio en las aulas de la ELAM o trabajando en los hospitales nacionales; escalando un volcán o bebiendo cerveza de pipa en La Habana;  corriendo bajo la lluvia en la fiesta San Juan Chamula o en el carnaval de Purmamarca;  hojeando libros viejos, conversando en la calle del Arco o, desde luego, escuchando marchas fúnebres en las calles de mi ciudad.  No podría mencionarlos a todos y lamentaría dejar alguno fuera de mi lista.  Pero gracias a todos por ser parte de mi vida y hacer de mí lo que soy.  

sábado, 6 de agosto de 2016

LA DEBOLSILLIZACIÓN

Hace algunos meses hubo un revuelo por la noticia de que Alfaguara pasaría a ser la nueva casa editorial de Roberto Bolaño, reeditando su obra ya publicada y una parte de lo aún inédito, que resulta ser tanto o incluso más que lo conocido.  Algunos festejaron la noticia, pues esta editorial posee mucha mayor penetración en los mercados latinoamericanos en comparación con Anagrama, anterior casa del chileno.  Otros se mostraron reacios por el mayor prestigio de esta última. 
Por otro lado, Alfaguara y todos los sellos de Santillana han pasado a manos de  Penguin Random House para su publicación progresiva.  Además, en 2017 Anagrama pasará a formar parte del grupo italiano Feltrinelli y Tusquets será adquirida  por Planeta.
Las fusiones son un signo de nuestro tiempo y la literatura no escapa a ese fenómeno.  Así, estamos en la era de la debolsillización, pues Debolsillo, sello insignia de la todopoderosa Penguin Random House, posee los derechos de cientos de autores.  Su catálogo es amplísimo, abarcando clásicos de siempre como Chejov, Dostoievski, Dickens, Woolf y Melville; contemporáneos como Philip Roth, Ricardo Piglia, Javier Marías y Álvaro Mutis; varios Nobel que van desde García Márquez, Saramago, J.M. Coetzee, Orhan Pamuk, Alice Munro, Vargas Llosa, hasta la última ganadora Svetlana Alexiévich; y los distópicos Aldous Huxley, Ray Bradbury o George Orwell.
  Este último autor ejemplifica cómo la masificación no significa mayor accesibilidad.  Sus ensayos  completos fueron lanzados por Debolsillo y llegaron a Guatemala en un mamotreto de 984 páginas, con un precio cercano a los 40 dólares.  Mientras tanto, Debate lanzó el mismo libro con la misma portada roja en una edición de pasta dura y mayores dimensiones, por un precio apenas superior a 20 dólares. 
Todo indica que los monstruos editoriales van apoderándose de los mercados sin dejar espacio a las editoriales independientes.  Veremos qué pueden hacer estas ante el dominio cada vez mayor de las ballenas internacionales que parecen comerse una vez más a los peces pequeños.   



jueves, 5 de mayo de 2016

CHAPEANDO LA GRAMA

En los años de la universidad, todas las tardes eran de futbol.  A las cuatro, después de la última clase, salíamos de prisa del hospital hacia la residencia estudiantil, cambiando la bata y el equipo médico por la ropa deportiva y el balón. Era un rito cerrado, al punto de que solo los exámenes de fin de semestre o un huracán justificaban su incumplimiento. 
Fueron años inolvidables. Latinoamérica entera, desde México hasta la Patagonia, estaba presente en La Habana, donde todos aprendíamos de medicina y de la vida en general. 
Una tarde yo salí media hora más temprano.  Volví a la residencia antes que el resto de los compañeros y me adelanté a cancha, pero en menos de cinco minutos ya estaba de regreso. En el camino me topé con dos paraguayos y un argentino que también iban a jugar. Sorprendidos, me preguntaron por qué volvía, y yo, mientras me desataba los zapatos de futbol, les dije que ese día no jugaríamos porque estaban chapeando la grama.  En silencio se vieron las caras y luego me pidieron que repitiera mi explicación. La repetí pero siguieron sin comprender.  Amplié utilizando los brazos  y agregando que en la temporada lluviosa ella crecía más rápido.  Uno de ellos pareció entender y les explicó a los otros que yo hablaba de cortar el césped.
Recordé esta anécdota hace dos años cuando en una entrevista, el escritor argentino Rodrigo Fresán hablaba del reto que representa dirigirse a lectores españoles al mismo tiempo que a latinoamericanos de diversos orígenes, y de los enredos que pueden surgir de esta brecha. Decía que cuando empezaba a escribir notó el problema, y al intentar remediarlo sus amigos se burlaban de él porque hablaba  “como en las traducciones de la tele”, es decir, sin localismos.  Me identifiqué con la idea, pues pienso que el castellano, al menos con fines literarios, debe utilizarse en un tono neutral, sin términos incomprensibles en otro  país.   Sin embargo, sé que espulgar demasiado despojaría a la lengua de su colorido, convirtiéndola en algo anodino.      

¿Qué hacer entonces?  No creo que deba estandarizarse completamente el idioma, pues hay un sinfín de obras maestras impregnadas de localismos, y ninguna de ellas los sacrifica por la legibilidad.  En cambio, con ellos ganan intensidad y se convierten en una lectura más íntima, convirtiendo un chisme de provincia en una historia imperecedera que puede entenderse en cualquier lugar del mundo.  

miércoles, 27 de abril de 2016

LEER CUENTOS


Nunca he podido dedicarme a un solo libro a la vez;  casi siempre tengo como plato fuerte una novela mediana o larga —mayor de 300 páginas—, al tiempo que voy picoteando un par de ensayos, dos poemarios y varias revistas electrónicas.  Una novela tiene un solo eje que vertebra el argumento, y aunque la abandone y luego la retome, siempre logro orientarme sobre lo que sucedía en la última lectura.  Los poemas y las revistas no dan problema porque suelen ser textos cortos  —aunque hay poemas de dos párrafos capaces de enredarnos una noche entera—.  Y los ensayos suelen ser textos fríos que van más a la mente que al corazón, por lo que permiten ir y venir sin remordimiento.
            A pesar ser un lector tan promiscuo, cuando leo relatos me dedico a un solo libro.  A ellos no puedo combinarlos con otros congéneres, ni siquiera dos relatos del mismo autor a la vez.    
No creo que piezas memorables como La Nieve, El Retorno, Carnet de Baile  o el célebre Últimos atardeceres en la tierra puedan leerse de corrido, y al final de una tarde de lectura uno haya captado la esencia de Bolaño como cuentista.  Lo mismo  me pasa con Raymond Carver: después de algo tan contundente como Una cosa más, no podría volver por otro golpe en la quijada.  Tampoco puede pasarse por alto el nudo que genera el mejor Gabo en Solo vine a hablar por teléfono.  La lista podría continuar con Quiroga, Hemingway, Cortázar, Julio Ramón Ribeyro o Juan José Arreola, llegando hasta la actualidad con Samanta Schweblin, Etgar Keret o Alejandro Zambra.  Todos ellos, conocedores de la técnica, saben helar al lector o dejarlo con ganas de más.  Y cualquiera de estos dos efectos merece paladearse por algunas horas, cuando menos. 
Por eso me asombran algunos que dicen: “anoche me leí los cuentos completos de Fulano”. Me pregunto si les habrá quedado algo, talvez una vaga idea de lo leído, sin poder recordar a fondo ni uno solo.
Los cuentos deben leerse de uno en uno, y en caso extremo, uno en la mañana y otro en la noche.  No más.   Ellos funcionan de un modo distinto a otros géneros literarios. Cuando están bien escritos, brindan un placer sui géneris;  luego requieren de un tiempo muerto para recuperarse e ir por más.

viernes, 18 de marzo de 2016

LAS MARCHAS FÚNEBRES

La congoja es un ingrediente clave de la guatemalidad: siglos de conquista, colonia,  guerra interna, maras y extorsiones han dejado su impronta en nuestras expresiones artísticas, y en ese medio se han gestado las marchas fúnebres, género oficial de los festejos de Cuaresma y Semana Santa en el país. 
A pesar del adjetivo que parece condenarlas, ellas son flexibles y saben adaptarse a la ocasión.  Existen piezas para todos los gustos, para cada estado de ánimo, para empezar el día o para terminarlo, incluso para enamorar. Se habla de romances inaugurados con Dios es Amor de Víctor M. Lara y concluidos con Pasos de Dolor  de Mariano de Jesús Díaz, ataques cardiacos con Tu última mirada de Alberto Velásquez o dedicatorias especiales como La Oveja de Jesús de San Bartolo, apodo camuflajeado de Carlos René González González, devoto de esa imagen y además, hermano de mi abuelo.  La tradición oral también incluye anécdotas de los autores, como el trance y posterior rescate de Santiago Coronado de una fosa, y de ahí su marcha con ese nombre.  También se dice que el maestro Luis Vega, impotente ante la muerte de su esposa, tomo el lápiz y el cuadernillo para clamar y componer Jesús Acuérdate de mí.  Mención aparte merece El Cuervo de Pedro Donis al final de El Silencio de Neto, filme nacional de 1994.
Hay composiciones elegantes como las de Salvador Milián o Miguel Zaltrón,  militares como las de García Reynolds,  comienzos imperiales como los de Víctor M. Lara, y desde luego indispensables como las del ya mencionado Pedro Donis, Fabián Rojo o Manuel Antonio Ramírez Crocker.  También se han importado piezas desde Costa Rica, Perú, España, Italia y Polonia, entre otros.
Desde luego, su consumo exagerado es dañino.   Conozco marchófilos que, ebrios tras  20 horas de sol, caminata y muchas marchas terminan escuchándolas todas al mismo tiempo sin poder distinguir una de otra, llegando hasta el insomnio.  Yo lo he padecido.
Al final, viene la pregunta, ¿cuál es mi marcha favorita? Imposible responder. Puedo escoger varias que quisiera escuchar ahora, pero no quedarme con una sola. Ellas, al igual que los libros, evocan las vivencias que tuvimos en su compañía,  y como con las lecturas, la preferencia va moldeándose con los años.

viernes, 4 de marzo de 2016

COINCIDENCIAS

El año pasado compré un clarinete y con él adquirí un folleto viejísimo  para aprender a solfear ( talvez no es tan viejo, pero el proceso de fotocopiarlo mil veces atenta contra su legibilidad).  Aún no sé tocarlo; apenas esbozo algunas escalas.  Y sé que el único camino hacia  la interpretación musical es ensayar todos los días; me lo repite todo el mundo.
Sin embargo, cuando salgo del trabajo, cuando vuelvo a casa y no voy a hacer ejercicio, cuando  ya leí el periódico, cuando no debo volver a la calle por alguna diligencia y cuando aún es hora aceptable para la estridencia que conlleva mi práctica, apago el teléfono, tomo el estuche, lo abro, ensamblo el instrumento, coloco la boquilla en posición, la llevo a mi boca para emitir la primera nota y ahí me quedo.   Suspiro e invierto el proceso.  Luego voy a mi cama, tomo los audífonos, me acuesto y enciendo el reproductor mp3 haciéndolo sonar al azar.   Sustituyo la práctica musical por una sumersión en lo que mi reproductor decida.  Y no importa cuál pista suene; cualquiera será buena para evadir la incapacidad de ejecutar decentemente el clarinete.
        Esto podría entenderse de varias maneras: cobardía, respeto, pereza, entre otras.  Ignoro cuál es la más acertada.  Quizás no sea una sola, sino una fusión de todas ellas. 
         Como sea, esto no me resulta extraño.  Lo mismo me pasa al intentar escribir: cuando alguna idea me sorprende, cuando a mitad de la lectura subrayo un fragmento, cuando encuentro una nota atípica en el diario, cuando la nostalgia me rebalsa o cuando escucho alguna estupidez fuera de lo común, apago el teléfono, tomo la libreta de notas, la abro, escojo una idea anotada en ella o agrego una nueva, enciendo la computadora, inicio el procesador de texto, llevo la libreta a mis piernas, coloco mis dedos sobre el teclado a partir de las señas táctiles en la f y la j y ahí me quedo.  Suspiro e invierto el proceso.  Luego voy a mi cama, tomo un libro,  me acuesto y lo abro al azar.  Sustituyo la escritura por una sumersión en lo que mi mesa de noche decida.  Y no importa cuál libro lea; cualquiera será bueno para evadir la incapacidad de ejecutar decentemente la escritura. 
  

lunes, 28 de diciembre de 2015

TORTILLAS TOSTADAS

Sin padecer ningún pródromo, me vi poseído por un catarro devastador: fiebre, dolores musculares, náusea e inapetencia han sido mis acompañantes durante las últimas 24 horas.  Por eso salí temprano del trabajo y vine directo a casa.  Comí una manzana —más  por ser mediodía que por sentir apetito— y luego de tomar cuatro pastillas antigripales me tumbé en la cama. Tuve una siesta con pesadillas febriles: fui perseguido por una turba de gorilas, salté de un edificio de diez pisos y recibí una paliza con vigas de acero.  Me sentía engullido por el mal.  Por suerte, una imperiosa necesidad de orinar me despertó justo antes de que se hiciera de noche y, después de deshacerme de ella, mi estómago reclamó el almuerzo pendiente.  Fui a la cocina y abrí el refrigerador, haciendo caso omiso de la recomendación de mi abuela: nunca exponerse al frío pues esto exacerba el resfriado —al igual que ducharse, afeitarse o cortarse las uñas—. Había allí una olla con ponche de frutas,  un plato de lentejas, dos botellas de vino a medias, y en el fondo, junto al queso mozzarella, encontré lo que buscaba: una bolsa plástica con forma de torre conteniendo tortillas que yo había guardado una semana atrás. Se palpaban tiesas y húmedas.  Las saqué con el queso.  Al acercarme a la estufa vi otro paquete con forma  de torre, pero este no era una bolsa plástica, sino una toalla envolviendo más tortillas.  Estas, a diferencia de las otras, estaban tibias y se dejaban moldear con facilidad.    Encendí dos hornillas: en una coloqué el comal con las tortillas de la bolsa y en la otra la jarrilla de agua para el té.  Mientras las tortillas recicladas revivían, preparé una del día con una tajada de queso.  La saboreé, pero al terminarla preferí no preparar otra, a pesar de que el hambre apretaba.  Al final valió la pena.  Es incomparable el placer de comer tortillas viejas  tras tostarlas sobre un comal.  Después de encogerse  y perder su forma circular, adquieren una textura que se disfruta con cada mordisco, además de un dejo dulzón que no brindan las tortillas frescas. Y ni hablar del queso derretido en su interior; eso es un deleite aparte.